DÍA INTERNACIONAL DE LA DISLEXIA
¿Y si no fuera falta de esfuerzo? La dislexia y el desafío de aprender sin barreras.
Hay palabras que todos alguna vez escribimos mal. Números que confundimos, frases que tenemos que volver a leer o momentos en los que sabemos lo que queremos decir, pero no encontramos la manera de expresarlo en el papel.
Para algunas personas, esas dificultades no aparecen de vez en cuando. Forman parte de su manera de procesar el lenguaje escrito.
La dislexia es una dificultad específica del aprendizaje que afecta principalmente la lectura y la escritura, especialmente la exactitud y la velocidad con la que se leen o escriben las palabras. La definición de la dislexia elaborada por especialistas de la “International Dyslexia Association”, cuya traducción oficial al español fue coordinada por DISFAM, destaca que se trata de una dificultad específica del aprendizaje y señala que sus causas son complejas, con la intervención de factores genéticos, neurobiológicos y ambientales.
Pero hay algo que debería quedar claro desde el principio: la dislexia no es falta de inteligencia ni falta de esfuerzo.
Y quizás ahí esté una de las primeras barreras que tenemos que derribar.
Durante mucho tiempo, determinadas dificultades frente a la lectura o la escritura pudieron interpretarse como falta de atención, desinterés o poco esfuerzo. Sin embargo, comprender la dislexia implica cambiar la pregunta.
No se trata solamente de preguntarnos por qué una persona no aprende de la manera esperada. También tenemos que preguntarnos qué podemos cambiar nosotros para que pueda aprender.
La detección temprana y los apoyos adecuados pueden marcar una diferencia importante. La definición actual de dislexia destaca precisamente la importancia de identificar las dificultades y ofrecer una enseñanza específica e individualizada desde edades tempranas, aunque el acompañamiento puede ser necesario a cualquier edad.
Esto también modifica la manera en que pensamos la educación.
Una evaluación puede medir conocimientos, pero también puede convertirse, sin intención, en una barrera. Para una persona con dificultades específicas del aprendizaje, disponer de más tiempo, comprender correctamente una consigna, utilizar determinadas herramientas o
demostrar oralmente lo que sabe no significa recibir una ventaja: significa contar con condiciones que permitan ejercer el mismo derecho a aprender.
En Argentina, esta perspectiva tiene además un respaldo legal. La Ley 27.306 establece como objetivo prioritario garantizar el derecho a la educación de niños, niñas, adolescentes y adultos con Dificultades Específicas del Aprendizaje. La norma contempla, entre otras medidas, mayor tiempo para tareas y evaluaciones, prioridad de la oralidad, adaptación de los procesos de evaluación, comprensión de las consignas y utilización de herramientas tecnológicas.
La propia legislación establece que estas adaptaciones no implican otorgar ventajas, sino poner a las personas en igualdad de condiciones frente al derecho a la educación.
Quizás uno de los mayores desafíos sea dejar de pensar que existe una única manera correcta de aprender. La educación inclusiva no consiste simplemente en que todos estén dentro del mismo espacio. Implica también preguntarnos si ese espacio está preparado para que todos puedan participar, aprender y desarrollar sus capacidades.
A veces, la verdadera igualdad empieza cuando reconocemos las diferencias.
La lectura y la escritura son herramientas fundamentales para acceder al conocimiento, comunicarnos, estudiar, trabajar y participar plenamente de la sociedad. Por eso, cuando una dificultad de aprendizaje no es comprendida o acompañada, sus efectos pueden ir mucho más allá del aula.
Las dificultades pueden repercutir en la experiencia de lectura y escritura, el rendimiento académico, el bienestar psicológico y, a largo plazo, incluso en las oportunidades laborales.
Por eso la respuesta necesita ser integral. Familias, docentes, instituciones educativas, profesionales y comunidad tienen un papel que cumplir.
No alcanza con detectar. Hay que acompañar. No alcanza con adaptar. Hay que comprender. No alcanza con hablar de inclusión. Hay que hacerla posible.
Una educación que no deje a nadie atrás
Este 8 de octubre, DISFAM impulsa la campaña internacional #UnidosPorLaDislexia bajo una consigna que resume una realidad que muchas personas viven durante su trayectoria educativa: “Aprender no puede doler”.
Pero quizás el desafío no sea solamente aprender a reconocer la dislexia. Quizás sea aprender a mirar de otra manera.
Porque detrás de una palabra mal escrita puede haber una dificultad que todavía no fue comprendida. Detrás de un alumno que tarda más puede haber otra forma de procesar la
información. Y detrás de alguien que alguna vez creyó que “no podía” puede haber una persona que simplemente necesitaba que alguien cambiara la manera de enseñarle.
Una educación verdaderamente inclusiva no pregunta únicamente quién puede seguir el ritmo. Pregunta también qué podemos hacer para que nadie quede atrás.
Cuando los objetivos se vuelven realidad
Hablar de dislexia es hablar de educación, pero también de igualdad de oportunidades, inclusión y participación.
Los grandes objetivos de desarrollo adquieren sentido cuando dejan de ser solamente compromisos internacionales y se convierten en decisiones concretas: una escuela que adapta una evaluación, un docente que reconoce una dificultad, una familia que encuentra acompañamiento, una institución que elimina una barrera o un estudiante que descubre que aprender puede tener más de un camino.
Porque construir una sociedad más inclusiva también significa garantizar que cada persona pueda encontrar su propia manera de aprender, participar y desarrollarse.
Y ese desafío no empieza ni termina el 8 de octubre.
Empieza cada vez que elegimos comprender antes de juzgar.